¿Cómo prepararse para la sequía en época de bonanza hídrica?

Cuando los embalses están llenos y parece que el agua sobra, la seguía desaparece de los titulares. Sin embargo, los expertos coinciden en que las decisiones más importantes para afrontar la escasez de agua no se toman durante las crisis, sino mucho antes.

¿Podemos aprovechar los tiempos de bonanza hídrica para defendernos de la próxima sequía?

España vive un año hidrológico de cifras excepcionales. La reserva hídrica del paísha alcanzado un 82,6% de su capacidad total, un récord tras el invierno más lluvioso en casi 50 años. Los embalses están llenos y las restricciones se han levantado. La sequía, que hace apenas dos años obligaba a racionar el agua en diferentes territorios, parece haber quedado atrás. Sin embargo, que los embalses estén llenos no significa que el desafío haya desaparecido. La abundancia de un año húmedo puede aliviar la presión a corto plazo, pero no cambia las tendencias de fondo que están transformando la gestión del agua en buena parte del mundo.

 

Y es que, además de España, otros países como Chile, Colombia, Estados Unidos o Australia han afrontado episodios de escasez que han puesto a prueba sus sistemas de abastecimiento. Te contamos por qué la abundancia de agua no garantiza la seguridad hídrica y cómo se están construyendo sistemas capaces de resistir la próxima sequía.

 

¿Qué voy a leer en este artículo?

El agua dulce disponible a nivel mundial no crece. La presión sobre ella sí. Más población, más actividad económica, una agricultura cada vez más intensiva y ciudades que continúan expandiéndose. Todos estos factores empujan la demanda hacia arriba, independientemente de si llueva o no llueva. De hecho, según el último Informe Mundial de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos, la demanda global de agua aumenta aproximadamente un 1% cada año impulsado por el crecimiento demográfico, el desarrollo económico y los cambios en los patrones de consumo.

La pregunta relevante ya no es cuánta agua cae. Es qué se hace con ella y con qué anticipación se planifica su uso.

Miguel Aritio, director de Recursos Energéticos de Agua de ACCIONA, lo resumen así: “La gestión del agua es un tema a futuro que va a ser esencial en el mundo en el que vivimos. El recurso de agua potable disminuye rápidamente por la presión demográfica, industrial y económica. Hay momentos en los que recibimos grandes cantidades de agua de lluvia que normalmente gestionamos de una manera más o menos correcta. Pero como todo en el clima es cíclico, volvemos a periodos de sequía en los cuales volvemos a sufrir de escasez del recurso.

 

La consecuencia es que cada ciclo hidrológico arranca desde un punto más exigente que el anterior. Un invierno puede llenar los embalses hasta el borde, pero ese volumen tiene que repartirse entre más usos que hace cinco o 10 años. El margen de maniobra se estrecha con cada vuelta del ciclo, incluso si la lluvia se mantiene estable. La pregunta relevante ya no es cuánta agua cae. Es qué se hace con ella y con qué anticipación se planifica su uso.

La gestión del agua se ha apoyado durante décadas casi exclusivamente en un modelo: captar agua dulce de ríos, embalses y acuíferos, y tratarla para hacerla potable. Ese tratamiento convencional consiste en limpiar el agua, eliminar partículas, filtrar impurezas, desinfectarla y ajustar su composición hasta que sea segura para el consumo. Es un proceso bien conocido y eficaz, pero parte de una base que no siempre está garantizada.

Prepararse para escenarios de mayor escasez implica actuar en varios frentes. Reparar redes envejecidas para reducir pérdidas, reutilizar más agua depurada y diversificar las fuentes de suministro.

No toda el agua que llueve se puede almacenar. Ni toda la que se almacena llega a los hogares o los cultivos. Una parte se pierde en el camino por fugas en tuberías antiguas, canalizaciones en mal estado, redes que transportan agua bruta desde los embalses y que, con los años, dejan escapar más de lo que deberían. Cuando todo el sistema depende de esa cadena, cualquier eslabón débil reduce el margen de seguridad.

 

Prepararse para escenarios de mayor escasez implica actuar en varios frentes, no depender únicamente del agua dulce que captamos. Reparar redes envejecidas para reducir pérdidas, reutilizar más agua depurada y diversificar las fuentes de suministro. Ninguna medida, por sí sola, resuelve el problema. Pero juntas amplían el margen de maniobra de un sistema cada vez más exigente.

Una de las respuestas más extendidas para reforzar la seguridad hídrica consiste en ampliar las fuentes, incorporando otras que tradicionalmente no se consideraban aprovechables. La más evidente es el agua de mar. Como explica Miguel Aritio: "el mayor depósito de agua que tenemos en el mundo es el mar, pero no podemos beberla directamente. Mediante la ósmosis inversa, que es una técnica muy madura, podemos convertirla en agua potable".

 

La desalación por ósmosis inversa funciona aplicando presión al agua salada y haciéndola pasar a través de una membrana semipermeable que retiene la sal, separando el agua dulce del agua salada. Es la tecnología de desalación más extendida del mundo: representa más del 60% de toda la capacidad desaladora instalada a nivel global

Si la decisión de construir se toma cuando los embalses ya están en niveles críticos, la planta llegará tarde para esa sequía. La planificación tiene que mirar hacia adelante

El agua resultante no tiene un único destino. Puede potabilizarse para consumo humano, pero también puede usarse en riego agrícola o en procesos industriales, sectores que a menudo necesitan agua de calidades distintas a la potable. Esa versatilidad convierte a la desalación en algo más que una fuente adicional, ya que permite redistribuir qué agua va a cada uso, liberando recursos de mejor calidad para el consumo doméstico.

 

Sin embargo, ninguna de estas infraestructuras se construye rápido. Una planta desaladora no es una instalación pequeña.  “Una planta desaladora, un tipo de tratamiento de agua no convencional, no se construye en 12 meses. […] Una instalación de este tipo puede ocupar entre cinco y 15 hectáreas y requiere entre tres y cinco años de obra”, comenta Aritio.

 

Si la decisión de construir se toma cuando los embalses ya están en niveles críticos, la planta llegará tarde para esa sequía. La planificación tiene que mirar hacia adelante. Lo que protegerá a una ciudad de la escasez dentro de cinco años se decidirá hoy, cuando todavía no hace falta.

Australia ha llevado esta lógica a un extremo coherente. En el sector se conoce como drought proofing (literalmente, 'a prueba de sequía'), es decir, mantener infraestructuras de agua operativas y preparadas incluso en los años en que no son estrictamente necesarias, para que estén disponibles cuando sí lo sean.

 

Dos plantas gestionadas por ACCIONA en Australia muestran cómo se traduce esta idea, desde ángulos distintos. La desaladora de Adelaida tiene capacidad para producir hasta 100 Hm³ anuales en situaciones críticas, lo suficiente para garantizar el abastecimiento de hasta dos millones de personas. Su rol no es producir agua de forma constante. Es actuar como reserva de capacidad y estar lista el día que el resto del sistema no sea suficiente.

 

La planta potabilizadora (ETAP) de Mundaring no está pensada para la próxima sequía, sino para varias décadas de ciclos secos y húmedos.

La planta potabilizadora (ETAP) de Mundaring, en el suroeste del país, es una suerte de estrategia complementaria. En lugar de depender de una sola fuente, combina el agua de un embalse, de una presa cercana y del sistema de abastecimiento de Perth, que a su vez incorpora desaladoras, para distribuir agua potable a más de cien mil personas. La planta surgió de una colaboración público-privada con un compromiso operativo de al menos 35 años. No está pensada para la próxima sequía, sino para varias décadas de ciclos secos y húmedos.

 

Pasar de reaccionar a una crisis a anticiparse a ella es, ante todo, un cambio de mentalidad. Los años de abundancia no son una pausa en el problema. Son la oportunidad más clara para resolverlo: con tiempo, sin presión, sin las urgencias que distorsionan cualquier decisión tomada en plena emergencia. La próxima vez que los embalses estén llenos, la pregunta no debería ser solo cuánta agua se ha recuperado. Debería ser qué se está construyendo, ahora, para cuando esa agua vuelva a faltar.

Periodista peruana. Tiene una maestría en Periodismo Internacional de la Universitat Pompeu Fabra (España) y ha sido reconocida, entre otros, con el Premio al Mejor Proyecto de Género de la Barcelona School of Management y con becas de Earth Journalism Network. Escribe en El País y Dialogue Earth sobre cambio climático, conservación y pueblos indígenas de América Latina desde un enfoque en las soluciones. Sus historias también se leen en Periodistas por el planetaFrance 24Agencia EFEClimate Tracker, entre otros. Ha trabajado en comunicaciones y storytelling para organizaciones internacionales como Naciones Unidas y ha sido parte del equipo editorial de la Iniciativa de Migraciones Climáticas.