Nunca olvidaré la primera vez que vi a Vepaia. Tenía 16 años y agitaba una pancarta sobre la borda de un pequeño catamarán que avanzaba sobre aguas turquesas, rodeada de otras adolescentes del Pacífico. “We want climate justice”, gritaban. ¡Justicia climática! Un grito de subsistencia que contrastaba con su juventud. Venían de países que muchos no sabrían ubicar en el mapa: Tuvalu, Kiribati, las Islas Marshall, Vanuatu. Nombres breves para tragedias inmensas. Diminutos puntos en el océano Pacífico, sí, pero cargados de una petición monumental: querer seguir existiendo.
He viajado a muchos lugares donde la crisis climática se siente. Pero Vanuatu no se siente: Vanuatu duele. Aquí el cambio climático no es un informe, ni un gráfico o un debate. Aquí, el cambio climático es mar y sal que corroe las ruinas de casas ya abandonadas. Son olas que cada año se lleva un poco más de tierra, de memoria, de vida.
Una mañana, caminando por la costa junto a Vepaia, comprendí la magnitud íntima del desastre. Ella me señalaba con la mano donde antes hubo viviendas. Hoy quedaban restos abandonados. Unos pasos más a la derecha el paisaje viraba hacia el pasado: un cementerio entero estaba siendo engullido por la marea alta. Ella luchando por su presente y futuro, viendo su herencia desaparecer.
“Esas lápidas son de mis antepasados”, me dijo.
En realidad, lo que temen, es que ese mismo mar termine profetizando también su futuro más inmediato. Vepaia no exagera cuando habla de desplazamientos y pérdidas. En Vanuatu, y en buena parte del Pacífico, el nivel del mar sube casi el doble de rápido que el promedio global, según la Pacific Community y el Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC). ¿Cómo se defiende una isla amenazada a ese ritmo? ¿Cómo se prepara una comunidad para lo que no da tregua?
En Vanuatu, y en buena parte del Pacífico, el nivel del mar sube casi el doble de rápido que el promedio global.
Cuando le pregunté qué significaba eso para ella, respondió con una claridad que desarma: “Somos refugiados climáticos. Y es injusto, porque no hemos tenido nada que ver con la causa.”
Vepaia se manifiesta sin rabia, sin indignación teatral. Se manifiesta como quien enuncia un hecho: aquí están pagando una deuda que no contrajeron. Y no es la única.
Más tarde visitamos una escuela que dejó de serlo, físicamente. Sainte Jeanne d’Arc quedó arrasada por un ciclón. Es otro embate, la misma explicación. UNICEF ha instalado carpas gigantes para que las niñas y los niños puedan seguir estudiando. Entrar allí es como caminar dentro de un paréntesis humano: un lugar improvisado para una infancia que carece de mayor resguardo. La directora, Claudia Hoke, me confesó emocionada que cada vez que llega al “colegio” se le rompe el corazón. “Necesitamos ayuda. Necesitamos que el mundo venga en nuestra asistencia.” En ella tampoco hay dramatismo o manipulación. Lo suyo es cansancio e impotencia.
Son los “canarios del cambio climático”, como los llaman algunos científicos: pequeñas naciones cuya fragilidad anticipa lo que produce la subida del nivel del mar.
Y Vanuatu no está sola. Las imágenes aéreas muestran lo que ningún titular alcanza a dimensionar: islas que literalmente desaparecen. Kiribati ha perdido franjas completas de costa; Tuvalu ya negocia acuerdos migratorios para garantizar su supervivencia como nación; en las Islas Marshall, la intrusión salina en los acuíferos hace que cultivar sea casi imposible. Las napas de agua dulce, contaminadas por el avance del mar, obligan a muchas comunidades a depender del agua embotellada. Un lujo carísimo si consideramos sus ingresos. Hace unas semanas, Australia, en un acto de solidaridad, anunció la primera partida de “visas climáticas”.
Son los “canarios del cambio climático”, como los llaman algunos científicos: pequeñas naciones cuya fragilidad anticipa lo que produce la subida del nivel del mar. Si ellos caen primero, el resto no está tan lejos detrás como queremos creer.
Pero aquí hay también una resistencia luminosa, una dignidad muy honorable. Vepaia me mostró imágenes de su viaje a la Corte Internacional de Justicia en La Haya, donde llegó junto a otros jóvenes del Pacífico para exigir algo sin precedentes: que el tribunal más alto del planeta declarara que las naciones son responsables de prevenir, mitigar y reparar los daños asociados al cambio climático. ¡Y lo lograron! El fallo no solo reconoció su demanda, sino que puso a los grandes emisores frente a un espejo muy incómodo. El problema es que la sentencia no obliga, sólo apela a la conciencia moral de quienes agravian la existencia de otros. No obstante, lo que han logrado me produce una admiración profunda.
Mientras veía a Vepaia en esas imágenes, con su falda tradicional y su postura firme, pensé en lo extraordinario que es que una adolescente que jamás había salido de su isla liderara un precedente jurídico global. Desde el borde del mundo, le habló a los países más poderosos. Y ganó.
Lo extraordinario que es que una adolescente que jamás había salido de su isla liderara un precedente jurídico global
En Vanuatu, la amenaza no es abstracta. Aquí el cambio climático es una casa caída, un aula improvisada... Mientras grababa mi enlace frente a la cámara, lo dije casi sin pensarlo: “Aquí el cambio climático no es futuro. Es un pasado borrado y un presente que duele.” No soy yo quien vive con la duda de si su isla seguirá en pie en 2050. Es ella. Es Vepaia. Y son miles como ella, jóvenes que han heredado una crisis producida lejos de sus costas y cuyas consecuencias se manifiestan con cada vez mayor vehemencia.
Mientras caminábamos por la playa, Vepaia se detuvo y miró al mar, esas aguas turquesas y de postal, que la amenazan.
“We are fighting because we still believe we have a future,” me dijo. Sí, lucha porque todavía cree que hay futuro. Qué extraordinaria madurez y resiliencia en una adolescente, pensé. Y en tantos jóvenes como ella en estas islas. Lejos de los dilemas a menudo cosméticos en otros de su edad, ellos viven una disyuntiva existencial e injusta. No tendrían por qué estar preocupados de un problema del que no han sido partícipes, pero no les queda otra.
Ese colectivo de jóvenes hoy se aferra a la esperanza, sí, pero a una esperanza lúcida, fraguada en la experiencia y no en la complacencia. No piden milagros: reclaman coherencia. Llevan un anhelo de supervivencia que, lejos de victimizarse, deposita una fe exigente en nosotros, en esos otros habitantes del planeta que todavía no sienten la furia desatada del clima para que reaccionemos antes de que sea demasiado tarde. Apelan a esa conciencia más amplia que nos hace humanos, no como un gesto sentimental, sino como una responsabilidad compartida. Buscan empatía, sí, pero también acción. Y por eso gritan. Con toda la potencia de quienes saben que están hablando desde el borde del mundo, donde las voces suelen perderse. Por eso cruzan océanos, llegan a nuestras capitales, elevan pancartas y argumentos: porque la justicia climática no va a ir a buscarlos; tienen que salir a buscarla ellos.
La historia de Vepaia no es solo de Vepaia. Es la historia de Tuvalu, Kiribati, las Islas Marshall y decenas de naciones insulares que hoy pagan un precio desproporcionado por un problema que no originaron.
El Pacífico no está pidiendo caridad. Está exigiendo justicia. La misma palabra que Vepaia alzaba en aquel catamarán. Porque si ellos pierden, no serán los únicos. Solo serán los primeros. Y ese, querámoslo o no, es el verdadero dilema que nos toca enfrentar.
Amaro Gómez-Pablos es periodista y comunicador con una trayectoria internacional que abarca más de tres décadas. Fue corresponsal de guerra y conductor de televisión, reconocido con el Premio Rey de España de Periodismo y el Premio Gabriel García Márquez por su labor informativa en escenarios de conflicto y derechos humanos.