Durante siglos, la arquitectura aspiró a perdurar. Las construcciones romanas, las catedrales o los templos antiguos fueron pensadas para resistir el paso del tiempo. A partir de la Revolución Industrial y, especialmente, con el aumento de la demanda de vivienda ligada al crecimiento urbano, se empezó a priorizar la rapidez. Se construyó mucho, muy deprisa y con la vista más puesta en el presente que en el futuro. Y hoy, cuando esos edificios caen en desuso o se convierten en ruinas, muchos materiales se convierten en residuos.
En la economía circular, sin embargo, el final de un edificio no es su demolición, sino la oportunidad de dar nueva vida a sus componentes. El llamado «diseño para la deconstrucción» propone concebir las estructuras desde su origen para que, llegado el momento, puedan desmontarse pieza a pieza, recuperando cada elemento y evitando toneladas de residuos. Es una práctica aún minoritaria, pero clave para repensar cómo habitamos y cómo diseñamos los espacios que nos rodean, impulsando una arquitectura más flexible, consciente y capaz de regenerarse a sí misma.
¿Qué voy a leer en este artículo?
En 2002, el arquitecto William McDonough y el químico Michael Braungart publicaron Cradle to Cradle (De la cuna a la cuna), una propuesta que rompía con la lógica lineal «de la cuna a la tumba». Como explica M. J. Agudo-Martínez, profesora de la Universidad de Sevilla, este libro «supuso una revisión radical del proceso de diseño basada en tres principios inspirados en la propia naturaleza: la transformación de los residuos en materias primas, el uso de energías limpias y renovables y el compromiso con la diversidad natural y cultural». Actualmente, esta perspectiva se ha materializado en el certificado Cradle to Cradle (C2C), que tiene un reconocimiento internacional en relación con el diseño y la fabricación de productos elaborados con el principio de circularidad.
Llevado a la arquitectura, esto significa pensar los edificios como sistemas modulares, donde las piezas se ensamblan sin pegamentos ni mezclas irreversibles. Cada tornillo, viga o panel se convierte en un elemento identificable, desmontable y reutilizable. Integrar la circularidad en los materiales de la construcción puede tener un enorme impacto en la lucha contra el cambio climático y en la reducción de residuos.
Según Naciones Unidas, cambiar la forma en la que producimos y utilizamos el acero, el aluminio y el plástico podría reducir las emisiones procedentes de estas industrias hasta un 40% para 2050. Además, el uso de acero reciclado o reutilizado podría ahorrar hasta un 25% de los costes por tonelada en la construcción. La aplicación de los principios circulares al sector también permitiría reducir materiales y costes mediante estrategias como la producción modular o la impresión 3D, optimizando el uso energético y recuperando materiales de alto valor al final de la vida útil de los edificios.
Demoler supone destruir, arrasar, reducir a escombros. Deconstruir, en cambio, implica entender antes de deshacer, separar con cuidado para volver a ensamblar de otra forma. Esa es la diferencia entre un modelo lineal –extraer, usar, tirar– y uno circular, donde cada componente conserva su valor dentro de un ciclo continuo.
José Mª González Barroso, Albert Estruga Rey y Paula Martín Goñi explican que el llamado diseño para la deconstrucción «propone una manera nueva de entender la tecnología constructiva del proyecto, que va más allá de la gestión de los recursos necesarios para ejecutarlo, considerando imprescindible atender a la gestión de los residuos que se producirán en la demolición o desmontaje del edificio al final de su vida útil».
Además, plantean una jerarquía de estrategias que determina cómo y a qué escala es posible intervenir en los edificios para reincorporar los residuos al ciclo productivo.
En el nivel más alto se encuentra la reutilización del edificio completo, que implica su recuperación total mediante procesos de rehabilitación, restauración o incluso relocalización. Le sigue la reutilización de los componentes, que abarca aquellos elementos estandarizados que pueden intercambiarse o manipularse fácilmente. En un nivel inferior se ubica la reutilización de los materiales, orientada al reprocesado de estos para crear nuevos componentes. El reciclaje de materiales ocupa el último nivel de la jerarquía, ya que el consumo energético y la contaminación derivados de este proceso pueden superar, en algunos casos, los impactos de emplear recursos nuevos.
Este enfoque exige también investigación, trazabilidad y documentación. En Europa, iniciativas como Madaster o Buildings as Material Banks (BAMB) han promovido en los últimos años los llamados pasaportes de materiales: bases de datos que registran el origen, la composición y el valor de cada componente de un edificio. Gracias a esta trazabilidad, los materiales pueden recuperarse décadas después para un nuevo uso. El enfoque se apoya también en el análisis del ciclo de vida (ACV), una herramienta que evalúa el impacto ambiental de un material desde su extracción hasta su posible reutilización.
Inma Mora Sánchez es periodista y experta en estudios interdisciplinares de género. Con una trayectoria profesional vinculada al tercer sector y la comunicación con impacto social, ha participado en diferentes proyectos de desarrollo rural, prevención de la violencia de género y promoción de los derechos humanos. Fue responsable de comunicación en HelpAge Espana. Actualmente, trabaja como periodista freelance y como consultora de comunicacion y genero, escribe en Ethic y colabora con la Universidad Viña del Mar o APCGénero.