2025 ha sido un año en el que la conversación sobre sostenibilidad ha bajado de las grandes cumbres internacionales a la escala de las ciudades, los hogares y hasta el lenguaje que usamos a diario. Desde Sostenibilidad recopilamos algunos de los contenidos que más han marcado estos meses: historias que hablan de infraestructuras, energía, economía, naturaleza y, en el centro de todo, las personas.
En junio de 2025 la población mundial superó los 8.229 millones de personas. Ocho mil millones de biografías, necesidades y sueños repartidos por un planeta finito. Y, según algunos estudios, puede que ni siquiera estemos contando a todo el mundo: millones de personas en zonas rurales del sur global siguen fuera de las estadísticas.
En nuestro artículo sobre curiosidades de la población mundial analizamos este mapa humano lleno de contrastes, megalópolis más pobladas que países, pueblos con un solo habitante, y nos hacíamos una pregunta inevitable: ¿cómo vivir todos bien sin desbordar los límites de la Tierra?
Parte de la respuesta está en cómo construimos y preparamos nuestras ciudades. En 2025 miramos hacia Mozambique para entender el poder de las infraestructuras resilientes frente a fenómenos meteorológicos cada vez más extremos. No se trata solo de resistir frente a ciclones o inundaciones, sino de evitar que los barrios más vulnerables sean siempre los más golpeados. Diseñar infraestructuras que protejan a todos por igual es también una forma de reducir desigualdades.
La otra cara de esa vida en común es la energía que sostiene nuestras actividades. En el artículo sobre reciclaje de paneles solares nos preguntábamos qué ocurre cuando esas instalaciones que han generado electricidad limpia durante décadas llegan al final de su vida útil. Más del 90 % de su peso son materiales recuperables como vidrio, aluminio o plásticos. Cerrando ese ciclo, la transición energética deja de ser solo “verde” en la generación y lo es también en la manera en que gestiona sus residuos.
No es la primera vez que el ingenio humano logra hacer más con menos. Lo recordamos al viajar a La Granja de San Ildefonso, donde en pleno siglo XVIII se diseñó un sistema hidráulico capaz de mover miles de litros de agua y alimentar fuentes monumentales utilizando únicamente la gravedad. Tres siglos después, esa obra de la ingeniería barroca se lee como una solución basada en la naturaleza: aprovechar desniveles, respetar el territorio, cuidar el recurso. Una lección de eficiencia que sigue vigente en la gestión moderna del agua.
Si ampliamos la mirada del ingenio local a la gobernanza global, 2025 también estuvo marcado por la COP30 en Belém do Pará, la primera gran cumbre climática celebrada en una ciudad amazónica. Sin embargo, más allá de la firma de los grandes acuerdos y los retos por superar, el cambio climático también entraña oportunidades. Hay soluciones e hitos positivos en la transición energética, la sostenibilidad y la ecología. Se conocen como tipping points y lo explicábamos en este vídeo:
Para que esa acción sea posible a gran escala, necesitamos también replantear nuestra relación con los recursos. En el artículo sobre minería urbana contamos cómo los móviles, ordenadores y dispositivos en desuso se han convertido en una auténtica mina de metales críticos. Recuperar materiales de nuestros residuos electrónicos es clave para la autonomía y para una economía verdaderamente circular.
Todo esto nos lleva a una pregunta de fondo: ¿existe un modelo económico que pueda sostener a más de 8.000 millones de personas sin romper el planeta? Ahí entra en debate el modelo dónut de Kate Raworth. Su propuesta sitúa un “suelo social”, que nadie se quede sin derechos básicos, y un “techo ecológico” que no debemos sobrepasar. Entre ambos se encuentra el espacio seguro y justo donde la humanidad puede prosperar.
En 2025, esta metáfora del dónut se ha consolidado como uno de los marcos más sugerentes para repensar políticas públicas y estrategias empresariales.
Mientras discutimos modelos, el planeta habla por otros medios. En el artículo sobre paisajes sonoros naturales escuchamos cómo el silencio se abre paso donde antes había coros de aves, insectos y anfibios. La desaparición de estos sonidos es la banda sonora de la pérdida de biodiversidad.
Grabar y estudiar esos paisajes sonoros nos permite medir la salud de los ecosistemas, pero también reconectar con algo tan sencillo como afinar el oído ante lo que ocurre fuera de nuestras ciudades.
A veces, sin embargo, es la imagen la que nos sacude. En el artículo sobre el albatros del Pacífico volvemos a las fotografías de Chris Jordan en la isla de Midway: polluelos muertos con el estómago lleno de trozos de plástico, tapas, encendedores. Él lo resume así: “Ese pájaro somos nosotros”. Midway significa “a mitad de camino”, y la metáfora es difícil de ignorar: estamos a mitad de camino entre la conciencia y el colapso, entre seguir como hasta ahora o cambiar de rumbo.
Y para no perder pie en ese cruce de caminos, necesitamos también las palabras adecuadas. En nuestro artículo sobre el lenguaje de la sostenibilidad exploramos cómo términos como resiliencia, neutralidad climática o greenwashing construyen la realidad que vemos. El lenguaje puede aclarar o confundir, movilizar o anestesiar. Depende de cómo lo usemos. Ocho mil millones de personas compartiendo planeta es un reto gigantesco, pero también una oportunidad única: si sabemos nombrar bien lo que pasa, será más fácil ponernos de acuerdo en cómo cambiarlo.
Periodista formada en la Universidad Carlos III de Madrid, escribe sobre vida laboral y cultura organizacional. Le interesa cómo las palabras pueden inspirar conversaciones valientes, abrir nuevas formas de mirar y acompañar procesos de cambio dentro y fuera de las organizaciones.