Tenemos el cerebro muy verde: cómo la biofilia nos conecta con la felicidad y el bienestar

Aunque a veces lo olvidemos, nuestro bienestar emocional, nuestra calma e incluso nuestra creatividad siguen respondiendo a un mismo impulso ancestral: estar cerca de la naturaleza. La biofilia —ese “amor por lo vivo”— no es una tendencia ni una idea romántica, sino una necesidad profundamente humana que la ciencia lleva décadas demostrando. 

El concepto puede sonar raro, incluso demasiado científico: biofilia. “Amor por lo vivo”. Pero es algo tan natural como la propia vida. Se trata de la afinidad innata que tenemos las personas hacia la naturaleza: un amor biológico y profundo que nos conecta íntimamente con plantas, animales y entornos naturales, aunque no nos demos cuenta. Y que nos sienta de maravilla.

 

Nacemos dentro de la naturaleza, crecemos con ella y nuestro cerebro lleva inscrita esa memoria profunda de lo vegetal en nuestros genes. Por eso descansamos mejor junto a un río, nos calmamos al caminar por un bosque o respiramos más hondo cuando paseamos por una playa. No es poesía; es biología, psicología y también salud pública. La buena noticia es que cada vez lo entendemos mejor. La mala es que seguimos viviendo demasiado lejos de aquello que nos hace bien.

 

¿Qué voy a leer en este artículo?

El término biofilia se popularizó gracias al biólogo Edward O. Wilson en los años ochenta, aunque ya antes Erich Fromm había hablado de este impulso vital que nos orienta hacia lo vivo. Se basa en la idea de que nuestra evolución nos ha programado para relacionarnos y coexistir con la naturaleza, siendo esta conexión esencial para nuestro bienestar psicológico y emocional. Estamos programados para buscar la compañía de plantas, animales y paisajes porque esa conexión nos protegió durante miles de generaciones. Nuestros antepasados dependían de reconocer patrones en la vegetación, leer señales del clima y orientarse por la topografía. Nuestro cerebro se forjó en ese diálogo continuo con el entorno.

 

La biofilia está vinculada a numerosos beneficios para la salud mental y emocional. El contacto con la naturaleza reduce el estrés al disminuir la producción de cortisol, la hormona del estrés, y al mismo tiempo estimula la liberación de serotonina y endorfinas, que están asociadas con la felicidad y el bienestar. Diversos estudios en neurociencia muestran cómo la vista de un entorno natural activa regiones cerebrales asociadas a la calma y la regulación emocional. Pasar tiempo en entornos naturales mejora el estado de ánimo, fortalece la resiliencia psicológica, aumenta la concentración, la autoestima y el autocontrol, y puede disminuir la ansiedad y el estrés crónico.

 

Los paisajes con agua en movimiento generan respuestas especialmente positivas en nuestro ánimo. La presencia de árboles cerca de las viviendas reduce los síntomas de ansiedad y depresión. Incluso el sonido de los pájaros mejora nuestra percepción de bienestar. Al sentirnos vinculados con la vida y los espacios naturales, se despiertan emociones positivas y un equilibrio interno, lo que contribuye a nuestro bienestar integral. En un mundo cada vez más urbanizado y acelerado, la biofilia actúa como un refugio terapéutico; una fuente de salud y felicidad.

Esta conexión tan íntima con la naturaleza cada vez se tiene más en cuenta en el diseño urbano y arquitectónico. Esos entornos amables que rompen con el gris integrando lo verde, los elementos naturales, en una benéfica promoción de edificios más saludables y sostenibles donde abundan los parques, la madera, los grandes ventanales e incluso sonoras fuentes cuyo murmullo acuático aumenta la calidez de los espacios. Esta perspectiva fomenta valores de cuidado ambiental y cooperación con el ecosistema, contribuyendo así a la conservación y al bienestar colectivo. También beneficia a las empresas que la incorporan en sus oficinas, pues aumenta la productividad. Es la nueva “arquitectura biofílica".

 

En Milán, el famoso Bosco Verticale, un complejo de dos rascacielos residenciales, demostró que un edificio puede funcionar como un pequeño ecosistema feliz que se convierte en refugio climático al mismo tiempo que ayuda a luchar contra el calentamiento global. 

En Madrid, Barcelona y otras muchas capitales españolas, distintas escuelas han renaturalizado sus patios de recreo para sustituir el asfalto por arbolado, huertos y zonas de tierra. Los docentes aseguran que el alumnado ahora se concentra mejor, tiene menos conflictos y juega de forma más creativa, mientras que los padres perciben que los niños vuelven más tranquilos a casa.

 

Esta conexión entre naturaleza y bienestar tiene cada vez más influencia en la arquitectura contemporánea. Un análisis reciente recordaba que pasamos cerca del 90 % de nuestro tiempo en interiores, lo que convierte a los edificios en un escenario decisivo para mejorar (o empeorar) nuestra salud emocional. La llamada arquitectura biofílica, que incorpora vegetación, luz natural, ventilación cruzada o materiales cálidos como la madera, busca que esos espacios funcionen como amables extensiones del entorno natural

El diseño más sensorial también está explorando esta conexión tan ancestral. Por ejemplo, la industria del perfume ha descubierto que la biofilia no solo actúa a través de la vista o el tacto, sino también mediante asociaciones profundas con materiales naturales. Muchas marcas han empezado así a incorporar tapones de madera, envases con vetas visibles o texturas orgánicas que recuerdan a un objeto artesanal. No es un simple gesto estético. Diversos estudios de neuromarketing muestran que la experiencia olfativa mejora cuando el frasco transmite cercanía con la naturaleza. Los usuarios describen estos perfumes como más “auténticos” y “cálidos”, incluso cuando la fragancia es idéntica a la de un envase convencional. En un mercado saturado de estímulos, recuperar materiales que dialogan con lo vivo se ha convertido en una rentable estrategia del bienestar aplicada al diseño.

El mundo sanitario también avanza en esa misma dirección. Ya en 1984, el investigador Roger Ulrich demostró de forma contundente cómo la naturaleza influye en nuestra recuperación. En un hospital de Pensilvania, comparó la evolución de pacientes recién operados de vesícula y comprobó que quienes podían ver árboles desde la ventana recibían el alta un día antes y necesitaban menos analgésicos que aquellos cuya habitación daba a una simple pared. Era una prueba temprana, pero muy clara, de que el entorno visual también forma parte del tratamiento.

 

En Japón, donde los baños de bosque o shinrin-yoku son una práctica consolidada, las autoridades llevan años financiando estudios que demuestran los beneficios de pasear en entornos arbolados: reducción del cortisol, mejor respuesta inmunitaria y mayor sensación de calma. Podríamos decir que el paisaje natural funciona como una especie de gran masaje de fisioterapia emocional.

 

La biofilia tampoco exige grandes gestos. A veces basta con tener una maceta en la ventana o dar un paseo diario por el parque del barrio. Muchas personas han redescubierto la jardinería como una herramienta de equilibrio emocional. Cultivar un tomate o mantener un helecho despierta un vínculo ancestral con el mundo vegetal. El contacto con la tierra genera además una sensación de arraigo que la psicología ambiental estudia cada vez con más interés. La naturaleza ofrece un ritmo lento y estable que funciona como contrapeso frente a la vida acelerada.

 

Llámalo biofilia, llámalo cerebro verde, pero disfrútalo.

César Javier Palacios es periodista ambiental, geógrafo, naturalista y doctor en Historia del Arte. Tras una larga carrera profesional como redactor jefe en Diario 16 Burgos, más tarde en el diario Claro, pasó a colaborar con El País y El País Semanal hasta que se fue a vivir a Fuerteventura, donde fue redactor del periódico Canarias7 y la Agencia EFE. Ha trabajado para la Estación Biológica de Doñana (CSIC), SEO/BirdLife, Global Nature, Cabildo de Fuerteventura, los parques nacionales de Garajonay y Timanfaya y las Reservas de la Biosfera de Lanzarote, La Gomera y La Palma. También ha sido director de Comunicación de la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente y de FSC España. Presenta en La2 de TVE el programa de naturaleza y cocina El Señor de los Bosques. Columnista en el diario 20 Minutos y bloguero de La Crónica Verde, colabora con RNE, Radio5 y en el verano de 2024 estrenó programa propio en Radio Clásica, "Músicas a vuelapluma". Puedes leer más acerca de él en su página de Wikipedia.