DESTACADOS
- Existe una disparidad ecológica en las ciudades entre las zonas acomodadas y los barrios desfavorecidos
- Paliar las brechas de biodiversidad requiere una planificación urbana equitativa que integre infraestructuras naturales de calidad
- Renaturalizar las urbes es la clave para restaurar la biodiversidad y mejorar la calidad de vida de las personas
Liverpool era una pequeña ciudad costera del noroeste de Inglaterra que vivía humildemente de la pesca y la agricultura. Pero tras la Guerra Civil inglesa del siglo XVII, con la reactivación de las rutas comerciales, el modesto puerto de Liverpool empezó a despuntar como enclave estratégico y se convirtió en uno de los puntos comerciales más importantes del Imperio Británico.
Así, el auge de la industria de los siglos XVIII, XIX y principios del XX provocó una oleada de familias que abandonaron su vida en el campo y se desplazaron a las ciudades en busca de un futuro más próspero.
Puesto que las posibilidades económicas de esta migración rural eran escasas, la única solución era vivir en zonas periféricas cerca del puerto, donde empezaron a levantarse casas de ladrillo de bajo coste y escasa ventilación. Ante a este nuevo panorama, las clases más acomodadas decidieron alejarse del frente marítimo hacia áreas más residenciales, ordenadas y arboladas. Las zonas verdes quedaron entonces desmarcadas de las grises, provocando un crecimiento desordenado.
Este fenómeno se dio también en las ciudades coloniales y postcoloniales de los siglos XIX y XX, donde los barrios residenciales se proyectaban en amplias avenidas con extensos parques y grandes casas de floridos jardines, en contraste con las zonas periféricas obreras de alta densidad poblacional sin planificación urbana ni espacios naturales, como los «conventillos» de Buenos Aires o los barrios dormitorio de Ciudad de México.
¿Qué voy a leer?
En la actualidad, estas diferencias siguen existiendo y la presencia de espacios verdes de calidad es todavía un símbolo de estatus social. La fragmentación urbana —entendida como la falta de conexión entre los espacios naturales dentro de la ciudad— se ha convertido en un problema creciente. Un estudio reciente de la revista Nature ha confirmado que existe una clara disparidad ecológica , ya que las áreas acomodadas suelen concentrar mayor biodiversidad, mientras que los barrios desfavorecidos tienden a tener menos vegetación y mayor exposición a contaminantes.
Las áreas acomodadas suelen concentrar mayor biodiversidad, mientras que los barrios desfavorecidos tienden a tener menos vegetación y mayor exposición a contaminantes.
Surgen así urbes fragmentadas no solo desde el punto de vista social y económico, sino también del de la biodiversidad. Al dividir el entorno natural en zonas separadas y heterogéneas, la diversidad de flora y fauna se ve amenazada por los bruscos cambios producidos por un crecimiento urbano descontrolado. El cambio del uso del suelo, por ejemplo, dificulta el movimiento y reproducción de especies que terminan quedando aisladas, arriesgando su supervivencia.
La fragmentación urbana afecta especialmente a las abejas, agentes clave en la polinización. Y es que precisamente los jardines polinizadores —espacios con plantas ricas en néctar (girasoles, menta, romero, albahaca, salvia, lavanda) que atraen a especies como las abejas y las mariposas y permiten la recuperación de los ecosistemas— son un ejemplo de Soluciones basadas en la Naturaleza (SbN), es decir, aquellas que utilizan propios procesos de la naturaleza para resolver problemas urbanos, como el calor en las ciudades o la pérdida de la biodiversidad.
Paliar estas brechas de biodiversidad en las ciudades requiere una planificación urbana equitativa que integre buenas infraestructuras naturales, con el objetivo de mejorar la calidad de vida de los habitantes y priorizar el acceso a los vecindarios más marginados para que todos puedan beneficiarse de unas condiciones ambientales saludables.
En esta línea, el enfoque SbN reconoce y promueve el potencial de los ecosistemas como una de las herramientas más efectivas para proteger y recuperar la biodiversidad, así como para mejorar la salud y el bienestar de las personas. Soluciones que van desde proteger humedales y bosques urbanos hasta desarrollar infraestructura verde (si hablamos de casos como Ciudad de México o Buenos Aires) y azul (si fuera Liverpool).
El enfoque SbN reconoce y promueve el potencial de los ecosistemas como una de las herramientas más efectivas para proteger y recuperar la biodiversidad.
Lo más interesante: diversos estudios demuestran que no es necesario acometer grandes obras para implementar SbN, sino que basta con proyectos inteligentes de acupuntura urbana. Es decir, intervenciones puntuales de gran impacto destinadas a revitalizar espacios públicos, como la peatonización de las calles o la construcción de parques de bolsillo, jardines comunitarios, techos y paredes verdes en edificios públicos y privados o huertos urbanos.
Otra clave de una planificación urbana equitativa y eficiente es el llamado «modelo de los 15 minutos»: soluciones que garantizan que todos los residentes de una zona cuentan con un espacio verde de calidad a una distancia de —máximo— 15 minutos caminando desde su lugar de residencia. Este modelo, además, tiende a la descentralización de los servicios y fomenta el urbanismo inclusivo.
Otra clave de una planificación urbana equitativa es el llamado «modelo de los 15 minutos»: soluciones que garantizan que todos los residentes de una zona cuentan con un espacio verde de calidad a una distancia de 15 minutos.
Según Naciones Unidas, el 68% de la población mundial vivirá en entornos urbanos en 2050. Renaturalizar las urbes es fundamental no solo para restaurar la biodiversidad, sino para mejorar la vida de las personas.
La renaturalización urbana mejora la calidad del aire, disminuye la contaminación, reduce la huella de carbono y la temperatura local, favorece la infiltración de agua de lluvia, potencia el desarrollo de flora y fauna, merma el número de enfermedades cardiorrespiratorias y el estrés, mejora la salud mental, aumenta la seguridad, fomenta la cohesión social e incrementa la resiliencia de las ciudades.
Las ciudades no son el fin de los ecosistemas, sino su transformación.
Como señalan desde el Colegio Oficial de Biólogos de la Comunidad de Madrid, «las ciudades no son el fin de los ecosistemas, sino su transformación». En un mundo cada vez más urbanizado donde las personas comparten espacio con una gran variedad de flora y fauna, «reconocer [eso] es el primer paso para construir ciudades que no solo funcionen para las personas, sino para toda la vida que acogen».
Carmen Gómez-Cotta es periodista con una trayectoria internacional que incluye medios como Ethic, La Razón, El País Semanal, El Viajero, Conde Nást, The Ethical Corporation Magazine o Mining Journal. Escribe sobre temas de impacto positivo que abarcan cambio climático, energía o biodiversidad, así como ESG y Relaciones Internacionales con el objetivo de dar a conocer al público los principales retos a los que se enfrentan las sociedades del siglo XXI e indagar de la mano de expertos en distintas materias posibles soluciones para cada uno de ellos.