El desarrollo económico y social de los países hunde sus raíces en el capital natural que poseen, un concepto surgido en los años 70 para definir aquel conjunto de procesos y recursos naturales –tanto renovables como finitos–, y ecosistemas ricos en elementos geológicos y biodiversidad que abastecen la producción de todo tipo de bienes y servicios. El cuidado y la conservación del capital natural, especialmente de los recursos escasos y de ecosistemas frágiles, son esenciales, no sólo para el mantenimiento de nuestro planeta, sino también para el desarrollo de la vida humana y el progreso económico de las comunidades.
En este sentido, los humedales constituyen uno de los aspectos más importantes del capital natural. Albergan una gran variedad de especies animales y vegetales, y su conservación es indispensable para el mantenimiento de la biodiversidad del planeta y para ayudar a frenar el cambio climático. Pero, además, sus ecosistemas son altamente productivos, permiten un mejor desarrollo de la vida humana y son fuente de importantes beneficios económicos.
En la Antigüedad ya supieron ver este tipo de ventajas. Por ejemplo, las ciudades romanas de Astigi y Urso –actuales Écija y Osuna, en España– destinaron el conjunto de ocho lagunas que se encontraba entre ambas ciudades a la producción de sal, a la agricultura y la ganadería, conectando los humedales con los núcleos urbanos a través de una red de caminos y cañadas que permitían el tráfico comercial.
¿Qué voy a leer en este artículo?
Los humedales son entornos naturales o artificiales fluctuantes entre la tierra y el agua con límites difusos que pueden variar también a lo largo del tiempo, caracterizados por albergar ecosistemas singulares, dinámicos y ricos en especies. Actualmente cubren entre el 4% y el 6% de la superficie del planeta.
Su conservación es crucial para mantener su alta diversidad biológica, para regular el clima, controlar inundaciones y sequías, facilitar los ciclos del agua, o capturar carbono de la atmósfera. Pero la fluctuación y dinamismo que los caracteriza los convierte también en uno de los ecosistemas más frágiles del planeta.
Algunos estudios han identificado 30 grupos de humedales naturales y 9 artificiales, aunque la Convención Ramsar los clasifica en cinco grandes sistemas:
- Estuarios. Desembocadura de los ríos en donde se entremezcla el agua dulce y salada, formando deltas, bancos fangosos, o marismas.
- Humedales marinos. Se encuentran en el litoral, pero las zonas inundadas se generan como consecuencia del mar, sus corrientes y mareas; como por ejemplo manglares, marismas salinas o arrecifes de coral.
- Fluviales. Son zonas inundadas o inundables que se generan a lo largo del curso fluvial como consecuencia de desbordamientos periódicos u ocasionales. Por ejemplo, bosques anegados o lagos de meandro.
- Palustres. Enclaves situados en tierra que contienen aguas poco profundas generalmente de forma permanente, como pantanos de juncos, marismas y ciénagas.
- Lacustres. Zonas cubiertas de aguas, casi siempre de forma estable y permanente, caracterizadas por adquirir una notable profundidad, como lagunas, lagos glaciales, lagos de cráteres de volcanes, o pantanos.
Algunos expertos alertan de la pérdida de humedales del planeta que se viene produciendo desde el siglo XVIII. La cifran en un 80%, como consecuencia del crecimiento urbano, actividades agrícolas e industriales, además del cambio climático o cambios en la biodiversidad. Según datos publicados por Ramsar, el 35% de los humedales han desaparecido en los últimos 50 años.
Ante esta situación, en 1971 surgió la Convención de Ramsar sobre los Humedales, con la finalidad de trabajar para su conservación, protección y uso racional, reconociendo su valor ecológico, hidrológico y socioeconómico. La conservación de los humedales es clave para preservar la biodiversidad del planeta. En muchas ocasiones actúan como depuradores naturales del agua, filtrando contaminantes y mejorando su calidad. Además, contribuyen a capturar carbono de forma natural, lo que ayuda a frenar el cambio climático.
A las devastadoras consecuencias medioambientales y climáticas que supone su degradación, se suma su enorme impacto negativo para la economía global. Los humedales poseen un alto capital natural y un elevado valor productivo, con una contribución que representa el 7,5% del PIB mundial y 47,4 billones de dólares anuales.
Teniendo en cuenta el ritmo de degradación actual, que Ramsar sitúa en la pérdida del 20% de los humedales actuales, estaríamos hablando de pérdidas económicas estimadas en 39 billones de dólares. Para revertir esta situación, otro informe de la Convención Ramsar recomienda destinar entre 275.000 y 550.000 millones de dólares para detener la degradación y restaurar los humedales dañados.
No debemos perder de vista la necesidad de conservar y proteger los humedales por motivos exclusivamente medioambientales. Sin embargo, la valoración económica de las pérdidas puede fomentar la toma de decisiones políticas y la implicación de las empresas en un entorno económico y geopolítico cada vez más inestable. También puede ayudar a diseñar estrategias de gestión más eficaces y que además integren una perspectiva de transición justa desde el punto de vista social.
Para comprender mejor las implicaciones económicas y productivas que podría suponer la degradación de estos ecosistemas, es necesario ver cómo contribuyen al bienestar de la humanidad. No debemos perder de vista que la producción de bienes o servicios relacionados con los humedales supone un medio de vida para una de cada siete personas en el mundo.
- Servicios de aprovisionamiento. Incluyen los diferentes bienes materiales con los que los humedales abastecen a la población.
- Uso agrícola y piscícola. Uno de los usos más extendidos es el agrícola, destacando la producción de arroz para más de 3.5000 millones de personas (lo que supone el 20% de las calorías que consume la humanidad). Los humedales también nos abastecen con otro tipo de alimentos como algunos pescados o mariscos procedentes de la pesca o la acuicultura.
- Extracción sostenible de otras materias primas como sal, juncos, arcilla, madera, carbón vegetal o plantas medicinales.
- Suministro de agua dulce depurada de forma natural para consumo humano o animal, o para usos agrícolas.
- Generación de energía a través de centrales hidroeléctricas.
- Servicios de gestión. Derivan de las diferentes funciones naturales o artificiales que poseen los humedales, además de los servicios de conservación medioambiental.
- Preservación del entorno natural y de la biodiversidad. Servicios públicos destinados a la preservación y la creación de parques naturales protegidos.
- Depuración del agua y tratamiento de residuos. Servicios de preservación de elementos naturales y construcción de infraestructura artificial complementaria.
- Control de fenómenos extremos. Construcción y gestión de infraestructura para regular inundaciones y sequía.
- Control del ciclo hídrico. Gestión del ciclo del agua para consumo humano, irrigación agrícola, generación de energía o para turismo fluvial.
- Servicios culturales. Todos aquellos servicios derivados de beneficios no materiales que los humedales aportan mejorando la calidad de vida de la población.
- Recreación y turismo. Los humedales suelen ser lugares de gran atractivo turístico debido a su belleza natural y la posibilidad de desarrollar actividades recreativas.
- Educación e investigación. Al ser un entorno natural puede ser destinado a la educación medioambiental y a la investigación sobre la biodiversidad que alberga.
Graduado en Derecho con Master en Derecho Internacional de los Negocios. Tras haber ejercido como abogado en los primeros años de su carrera profesional, se ha especializado en ética empresarial y sostenibilidad. Ha trabajado como consultor de impacto social, ha sido investigador en la Catedra CaixaBank de Sostenibilidad e Impacto Social de IESE Business School, y tambien ha impartido docencia en otras escuelas de negocio y en centros de Formacion Profesional. Desde 2023 tambien es colaborador de la revista Ethic, especializada en sostenibilidad.