Vivimos en la era del ruido: la importancia de escuchar el silencio

El tráfico rodado, las incesantes obras, la actividad industrial y otros tantos estímulos sonoros a los que se ven expuestas las personas que viven en las grandes ciudades, comportan un serio riesgo para su salud y la de su entorno. Centrados en seguir combatiendo la contaminación medioambiental, no debemos olvidar que la acústica también afecta a nuestro bienestar.

El compositor austríaco Mozart (1756-1791) aseguraba que «la música no está en las notas, sino en el silencio que hay entre ellas». A otro magnífico compositor que mucho se dejó influenciar por el anterior, Beethoven (1770-1827), la sordera total que ya sufría en su última etapa vital no le impidió componer piezas tan memorables como su Novena Sinfonía.

 

Aunque nada deseable es, en ningún caso, una pérdida auditiva, ambos compositores pusieron de manifiesto la importancia del silencio para la reflexión y el proceso creativo. Sin embargo, hoy en día no es tan fácil dar con un lugar en el que abunde el silencio, sobre todo para quienes habitamos en grandes urbes. Podría decirse que vivimos en la era del ruido: el tráfico rodado y aéreo, las sirenas de los servicios de urgencia, los sistemas de climatización, la actividad industrial, las alarmas, las obras, los sonidos de móviles propios y ajenos, el constante murmullo en las terrazas de los bares y otros lugares de ocio… Y esta exposición implica consecuencias para nuestra salud, nuestras relaciones sociales y, también, para la naturaleza. Veamos por qué.

 

¿Qué voy a leer en este artículo?

En lo que respecta a nuestra salud física, está demostrado que el ruido, aparte de la pérdida de audición, puede provocar aumento de la presión arterial, aceleración del pulso, cefaleas e incluso infartos. Según datos de la Agencia Europea de Medioambiente, 22 millones de europeos viven expuestos a grandes molestias por el ruido externo. De ellos, 6,5 millones sufren alteraciones del sueño, 48.000 ven agravadas sus cardiopatías, más de 12.000 niños sufren deterioro cognitivo e incluso 12.0000 muertes prematuras podrían relacionarse, en parte, con este exceso de ruido. 

 

Nuestra salud psíquica también se ve irremediablemente afectada por esta ausencia constante de silencio, que puede agravar cuadros de insomnio, estrés, depresión o ansiedad, y afecta sensiblemente a nuestra capacidad de concentración. Incluso, un estudio publicado en la Revista de Psicología Ambiental de la Asociación Internacional de Psicología Aplicada, revela que, a efectos sociales, en los entornos ruidosos las personas se relacionan menos y tienden al aislamiento. 

 

Además, el planeta también se ve afectado por la contaminación sonora provocada por los humanos. Una de las muestras más evidentes de nuestra interferencia en el sonido del mundo la encontramos en los datos recogidos durante el período de cuarentena por la pandemia de COVID-19: se produjo una reducción del 50% del ruido sísmico antropogénico, como reveló un estudio internacional publicado en la revista Science. Se trata del período más silencioso de nuestra historia desde que se tienen registros. 

El silencio nos permite reflexionar y ponderar nuestras decisiones para no tomarlas de manera impulsiva

Esta contaminación acústica impacta directamente en nuestro entorno natural, pues el ruido que se genera en nuestras urbes es suficiente para alterar la vida de aves, insectos y mamíferos. Al igual que las personas elevamos la voz para hacernos escuchar cuando estamos en un recinto ruidoso, las aves que viven en entornos en que el tráfico rodado es intenso acaban cambiando el tono de su canto para hacerse oír, afectando esto a su manera de comunicarse y, en última instancia, de reproducirse. Si un ruido de una estridencia excesiva logra desorientar a cualquier ser humano, en el caso de los insectos ocurre lo mismo, y esa desorientación puede tener consecuencias para su subsistencia. Por su parte, la socialización de los mamíferos en entornos ruidosos podría asemejarse a la humana: estos contextos les llevan a aislarse.

 

También el mundo vegetal se ve afectado por el exceso de ruido. Un estudio realizado por científicos del Centro Nacional de Síntesis Evolutiva (NEScent) de Carolina del Norte, certificó, tras largos años de investigación, que influye en el crecimiento, la fisiología y la relación con polinizadores y microorganismos de las plantas. Además, estos impactos negativos se mantienen durante años una vez eliminado el ruido que los provocó.

El exceso de ruido influye en el crecimiento, la fisiología y la relación con polinizadores y microorganismos de las plantas.

El silencio nos permite reflexionar y ponderar nuestras decisiones para no tomarlas de manera impulsiva, nos ayuda a ejercitar una escucha activa y reduce nuestros niveles de estrés al minimizar el habitual exceso de estímulos con que el ruido sobrecarga nuestro cerebro. Todo esto facilita que mantengamos una comunicación más profunda y empática con quienes nos rodean, favoreciendo un indudable bienestar social. Además de permitir el correcto desarrollo de las dinámicas ecológicas.

 

Atendiendo a la necesidad de recuperar el silencio como valor social y medioambiental, la organización sin ánimo de lucro Quiet Parks emprendió la misión de identificar, certificar y proteger los lugares más silenciosos del planeta. Gracias a este emprendimiento, cada vez son más las ciudades que incluyen en sus planes de urbanismo lo que se ha dado en llamar «parques del silencio». En la actualidad, existen ya once en países como Taiwán, Estados Unidos, España, Bélgica, Reino Unido y Suecia. Afortunadamente, cada día crece la inclusión de estrategias para combatir el ruido en los planes de concienciación medioambiental. Desde 1996 se celebra, cada último miércoles del mes de abril, el Día Internacional de Concienciación sobre el Ruido

El silencio nos permite reflexionar y ponderar nuestras decisiones para no tomarlas de manera impulsiva

Ser conscientes de los efectos que provoca la contaminación acústica nos ayudará a incorporar a nuestras rutinas hábitos sencillos que, además de contribuir a la reducción del impacto ambiental del ruido, nos ayudarán a tener una vida más saludable. Algunas de las pequeñas acciones que podemos incorporar a nuestro día a día son evitar un excesivo uso del automóvil, sustituyéndolo por bicicletas o coches eléctricos, o caminar cuando las distancias lo permitan, realizar obras domésticas en los horarios específicamente recomendados, fomentar el uso de parques y huertos urbanos o reducir el volumen de nuestros aparatos electrónicos.

 

Por su parte, las administraciones pueden contribuir al cambio con la toma de medidas que combatan la contaminación acústica protegiendo del ruido las zonas verdes, creando zonas peatonales con horarios restringidos al tráfico rodado, ampliando la red de carriles-bici y estableciendo normativas que contemplen medidas preventivas como el aislamiento acústico de los edificios de nueva construcción.

 

Acabar con la contaminación acústica nos permitirá escuchar el silencio entre notas en que Mozart basaba la esencia de la música. También nos ayudará a evitar pérdidas auditivas como la que sufrió Beethoven, y quizá nos permita, como a él, encontrar en el silencio la inspiración necesaria para llevar una vida plena.

Pablo Cerezal es escritor, redactor, guionista y letrista, con una larga trayectoria en la que se incluyen artículos y reportajes para numerosos medios como EthicFronteraD, Zenda o La Razón (Bolivia) y dos blogs personales de temática cultural. En paralelo a su actividad literaria y periodística, ha trabajado como Responsable de Comunicación en diversas entidades del Tercer Sector, tanto en España como en Bolivia, lo que le especializa en la redacción de artículos y reportajes centrados en RSC y los Objetivos de Desarrolllo Sostenible.