Cómo los pueblos indígenas han devuelto la vida al bisonte americano

A través de la creación de reservas específicas, y de un cuidado transmitido oralmente de generación en generación, las comunidades indígenas han rescatado al bisonte del peligro de extinción, lo que conforma uno de los éxitos más emblemáticos de la conservación de especies además de ayudar a combatir el cambio climático y recuperar la riqueza cultural de su identidad.

El bisonte es uno de los animales más bellos e imponentes de entre los mamíferos. Puede pesar entre 400 y 1.200 kilos (similar al toro), es herbívoro, alcanza una altura de dos metros y una anchura que puede superar los tres. Se caracteriza por su asombrosa joroba y su tupido pelaje marrón oscuro. Vive en manadas lideradas por las hembras.

 

¿Qué voy a leer en este artículo?

Antes de la colonización europea, se calcula que existían entre treinta y sesenta millones de bisontes en Norteamérica. Una manada tardaba días en dejar atrás un asentamiento indígena. Sin embargo, la expansión europea hacia el oeste, la caza intensiva y fácil que permitían los rifles de los colonos, la falta de regulación legal y una sistemática campaña promovida por el gobierno estadounidense para eliminarlos y, así, debilitar a las comunidades indígenas, desproveyéndolas de su sustento (carne para el alimento, piel para combatir el frío, huesos para fabricar sus herramientas), redujo a menos de quinientas ejemplares la totalidad de bisontes, la mitad de ellos en cautiverio. Una fotografía tan célebre como terrorífica, de finales del XIX, muestra una montaña de cráneos de bisonte, sobre la que se alza un hombre blanco, con traje y sombrero. Fue tomada en Michigan Carbon Works, una refinería que procesaba huesos.

Sin embargo, el enorme esfuerzo de las comunidades indígenas ha hecho posible la recuperación del bisonte, conformando uno de los éxitos más emblemáticos de la conservación gracias a tribus como Fort Peck (formada por los Sioux y los Assiniboine) o la comunidad Fort Belknalp, entre otras. 

Antes de producirse la colonización europea, se calcula que existían entre treinta y sesenta millones de bisontes en Norteamérica. A finales del XIX sobrevivieron unos quinientos.

Reservas como la Wind River, administrada por los Shoshone y los Arapaho, velan por el futuro de una pequeña manada que acampa en 121 hectáreas de terreno. En 2016 había diez bisontes. Hoy cuenta con 28. El propósito es que siga aumentando para darle el tratamiento de especie silvestre en lugar de ganado (a diferencia del ganado vacuno, que tiende a concentrarse en áreas concretas, los bisontes se desplazan continuamente).

 

Los Sicangu Lakota, una de las siete naciones de los Lakota, pueblo indígena de las Grandes Llanuras de Norteamérica, se encarga de la Reserva Rosebud, la más grande del país. Gestionada íntegramente por nativos, con mil quinientos ejemplares, es apoyada por el Departamento de Interior de Estados Unidos y WWF. La reserva cuenta con un sendero, el «Buffalo Connections Trail», de más de seis kilómetros a lo largo de los cuales se pueden ver, además de los animales, distintas instalaciones y carteles informativos que conciencian de la importancia de este animal.

Porque el bisonte es un ingeniero del ecosistema. Así lo han detallado los científicos que han estado observando sus hábitos en la manada salvaje que habita casi diez mil kilómetros cuadrados en Yellowstone, el primer Parque Nacional creado en el mundo, con cerca de cinco mil ejemplares atendidos por los lakota.

 

A pesar de que cada bisonte requiere unos cuatro mil quinientos kilos de materia seca, no causan sobrepastoreo, algo nefasto para el entorno. Al contrario, su movimiento (acompañado de orina, estiércol y semillas) aporta nutrientes al suelo, algunos vitales, como el nitrógeno, el gran fertilizante natural. 

Además, al alimentarse, estimulan el rebrote de las plantas y fortalecen sus raíces. Es decir, la presencia de este animal garantiza la pervivencia de las praderas, volviéndolas hasta un 150 % más nutritivas. Cabe recordar que, si en el siglo XIX había casi setecientos mil kilómetros cuadrados de pastizales en las grandes llanuras,  hoy en día apenas queda un cuatro por ciento. Y mantener las praderas impacta positivamente en la calidad del agua, ya que las plantas ayudan a filtrar los contaminantes, así como a prevenir la erosión del suelo.  

 

Pero la recuperación del bisonte también supone la rehabilitación de una cultura, reconectando a las comunidades nativas con su herencia natural. Se sabe que, en una sola generación, la altura media de los indígenas que dependían del bisonte, al verse privados de su sustento, descendió dos centímetros y medio, además de que la mortalidad infantil creció un 16 %. Tal era la simbiosis.   

Su movimiento, acompañado de orina, estiércol y semillas, aporta nutrientes al suelo, algunos vitales, como el nitrógeno, el gran fertilizante natural.

Toda esta labor de las distintas comunidades ha convergido en la alianza Tribal Buffalo Lifeways Collaboration, participada por InterTribal Buffalo Council (que apoya a 83 tribus en el cuidado de más de 25.000 bisontes en 22 estados), Native Americans in Philanthropy, The Nature Conservancy y WWF, apoyada por el Departamento de Interior y el de Agricultura estadounidenses, que contribuye a la consolidación de esta especie.

 

El bisonte es esencial para garantizar la biodiversidad, combatir el cambio climático y mantener la seguridad alimentaria. Pero también es un símbolo de identidad, que religa a los indígenas con la tierra, favoreciendo su salud mental y fortaleciendo los lazos comunitarios.  

Esther Peñas es periodista y autora de varios ensayos y novelas. Es colaboradora en medios como Ethic, Turia, CTXT, Cermi.es, Oxi-Nobstante y Graphic Classics. Actualmente, trabaja en Fundación ONCE, donde se enfoca en temas de diversidad, liderazgo activo y trabajo en equipo, con un claro compromiso con la inclusión en el entorno profesional. Su experiencia abarca tanto la gestión de proyectos como el desarrollo de capacidades en entornos colaborativos, destacando por su enfoque en la productividad y el empoderamiento de los equipos.