Kris Tompkins: la persona que más tierras ha donado para la conservación en toda la historia

Kris Tompkins vive en una casa de poco más de 150 metros cuadrados en un pueblo agrícola de California. Impulsó una de las mayores donaciones territoriales de la historia contemporánea, y con ello, ha ayudado a proteger un territorio mayor que Portugal o Costa Rica. Amaro Gómez-Pablos conversa con ella en una entrevista que cuestiona qué entendemos por éxito, riqueza y legado.

A poco más de dos horas de Los Ángeles, capital del espectáculo y la acumulación, hay un pueblo llamado Santa Paula. Allí, en la misma casa que la vio crecer cuando era niña, vive Kristine Tompkins. Nada en su entorno sugiere exceso. Nada habla de ostentación. Y, sin embargo, desde esa casa discreta se impulsó una de las mayores donaciones territoriales de la historia contemporánea. Más superficie protegida que países enteros.

 

Su historia suele comenzar con un nombre propio: Douglas Tompkins. Fundador de The North Face y Esprit. Empresario brillante, aventurero intrépido, escalador obsesivo. Un hombre que, tras vender sus acciones, decidió dedicar el último tercio de su vida (y su fortuna) a la conservación de la naturaleza. No a financiarla desde la distancia, sino a practicarla con botas, mapas y convicción.

Había un incendio dentro de mí, quería algo radical. Quería empezar de cero.

Cuando Kris Tompkins (por entonces aún no portaba ese apellido) lo conoció en el sur de Argentina, ella ya estaba en un punto de inflexión. Había sido CEO de Patagonia. Un cargo influyente, creativo, admirado. Pero a los cuarenta comenzó a hacerse una pregunta incómoda: ¿quiero que esta sea mi vida durante otros cuarenta años?

 

Había un incendio dentro de mí”, recordaría después. “Quería algo radical. Quería empezar de cero”. Douglas no la arrastró hacia la conservación. La encontró en el momento en que ella estaba lista para saltar. Juntos fueron pioneros a la hora de ejercer filantropía ambiental.

Tenemos que comprar tierras para salvarlas de nosotros mismos. Suena absurdo, ¿no? —le planteo. Kris no se incomoda.

Cuando la tensión entre humanos y naturaleza llega a un punto extremo, la respuesta también tiene que serlo. A veces, comprar es la única forma de proteger.

 

Lo explica con una imagen doméstica: si ves un perro maltratado y nadie interviene, el daño continúa. Si puedes actuar, actúas.

 

Así comenzó todo. Douglas voló en su Cessna hacia el sur de Chile y quedó impactado por los bosques templados amenazados. Compraron una primera porción para salvar alerces milenarios. Luego otra. Y otra. No había un plan maestro. Hubo intuición, riesgo y aprendizaje.

Cuando la tensión entre humanos y naturaleza llega a un punto extremo, la respuesta también tiene que serlo.

Pero pronto comprendieron algo esencial: su dinero no bastaba. Y ahí aparece la arquitectura política del proyecto. Negociaron con gobiernos. Con más de una decena de jefes de Estado. De izquierda, de derecha, de centro. En Chile y en Argentina. La fórmula fue simple y audaz: integrar las tierras privadas adquiridas con terrenos fiscales para crear parques nacionales de gran escala.

 

No era filantropía aislada. Era alianza institucional.

 

—“Ni izquierda ni derecha”, repetía Douglas. “Para adelante”.

 

El resultado: 17 parques nacionales creados o ampliados mediante donaciones y acuerdos públicos. Un modelo transversal que logró algo inusual en América Latina: continuidad más allá de las ideologías.

Pero la primera etapa, la de los parques, no fue suficiente.

 

¿Qué cambió? —le pregunto.

Entendimos que un parque puede ser hermoso… y estar ecológicamente incompleto.

 

La frase es directa: la conservación sin biodiversidad es paisajismo. Un paisaje intacto pero sin funciones ecológicas es una postal.

Entendimos que un parque puede ser hermoso… y estar ecológicamente incompleto.

Ahí comienza el liderazgo más nítido de Kris Tompkins.

Ella impulsa el giro hacia el rewilding: restaurar cadenas tróficas, devolver especies, recuperar funciones perdidas. No solo proteger perímetros, sino reconstruir sistemas vivos.

 

Los números hablan por sí solos: 34 especies recuperadas o reintroducidas en territorios donde estaban extintas localmente o al borde del colapso. Huemules. Ñandúes. Nutrias. Pumas. Y en Argentina, el caso emblemático del jaguar, ausente durante décadas y hoy con más de 50 individuos registrados en procesos de reintroducción y dispersión.

 

— ¿Te produce orgullo ese número?

— —responde sin falsa modestia—. Porque volvieron.

 

Ese “volvieron” contiene décadas de trabajo.

Cuando los jaguares comenzaron a expandirse más allá del Parque Iberá, Kris comprendió algo que redefine su etapa actual.

 

Los parques nacionales pueden convertirse en islas —dice—. Y las islas no garantizan futuro.

Los parques nacionales pueden convertirse en islas. Y las islas no garantizan futuro.

El cambio climático se acelera. Los hábitats se fragmentan. Si las especies no pueden moverse entre territorios, su diversidad genética se debilita y eventualmente colapsan.

 

—“Tenemos que dejar de mirar los límites artificiales de los parques”, afirma. “Eso lo cambia todo”.

 

Hoy su foco está en corredores biológicos: seguir ríos, cordilleras y rutas reales de dispersión. Trabajar con Brasil, Bolivia, Paraguay, Colombia. Con gobiernos, comunidades e incluso propietarios privados. Tejer continente en lugar de sumar islas.

 

Ya no se trata solo de crear parques. Se trata de reconectar ecosistemas a escala sudamericana.

Tras la muerte de Douglas, hace diez años, Kris tomó otra decisión estratégica. Rewilding Chile y Rewilding Argentina debían ser autónomas.

 

Si algo me pasa, el trabajo tiene que seguir —dice.

 

No quiso que el proyecto dependiera de su nombre. Construyó equipos con liderazgo propio, gestión independiente y arraigo territorial. Su legado no está diseñado para homenajes. Está diseñado para la continuidad.

 

Hay una convicción que repite con firmeza: sin comunidades no hay conservación duradera.

 

Si quieres proteger un lugar, primero tienes que ir al pueblo.

 

Los parques deben generar orgullo, oportunidades, sentido de pertenencia. De lo contrario, no sobreviven cien años. Kris sabe que las comunidades son la defensa más fuerte del territorio porque además se suceden en generaciones. Lo suyo es siempre colectivizar... que los ideales propios sean comunes a todos.

Cuando la conversación se vuelve íntima y hablamos de Douglas, Kris sorprende. No habla desde la nostalgia paralizante. Habla del duelo como maestro.

 

No puedes amar solo las partes fáciles de tu vida —dice—. Tienes que amar todo. Incluso la pérdida. Porque es ahí donde entiendes la profundidad del amor.

 

Cuenta que siente más cerca a Douglas en la incomodidad que en la belleza: cuando tiene frío, cuando está agotada, cuando la caminata se vuelve dura. “Ahí hablo con él con todo el corazón”.

No puedes amar solo las partes fáciles de tu vida. Tienes que amar todo. Incluso la pérdida. Porque es ahí donde entiendes la profundidad del amor.

Se define como “una nómada que hace nidos”. Y cuando imagina su descanso final, no elige país. Elige territorio. Patagonia. Iberá. Los lugares donde sembró futuro. Allí estará.

Poco antes de despedirnos, le digo lo evidente: Eres la persona que más ha entregado a la humanidad en conservación territorial. Ella sonríe y corrige.

 

Somos un equipo inmenso.

 

En tiempos de acumulación, su legado es restitución. No comprar para poseer si no adquirir para devolver. Y demostrar que el poder, cuando se une al propósito y se organiza para sobrevivir a quien lo inicia,  puede alterar el destino de un continente y, quizá, la historia.

Amaro Gómez-Pablos es periodista y comunicador con una trayectoria internacional que abarca más de tres décadas. Fue corresponsal de guerra y conductor de televisión, reconocido con el Premio Rey de España de Periodismo y el Premio Gabriel García Márquez por su labor informativa en escenarios de conflicto y derechos humanos.