¿Qué nos dice la filosofía de nuestra relación con nuestro entorno?

La preocupación por el impacto que dejamos en el planeta puede parecer una problemática contemporánea, pero la reflexión sobre la relación entre el ser humano y la naturaleza ha sido una constante a lo largo de la historia.
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Aunque la preocupación por cómo gestionamos los recursos naturales y el impacto que generamos en los ecosistemas hoy ocupa un lugar central en la agenda política y social, no se trata de un asunto nuevo. Desde las primeras corrientes filosóficas que intentaron explicar el origen del mundo hasta movimientos más actuales, la reflexión sobre nuestro entorno ha dado lugar a ideas muy diversas. Por un lado, encontramos perspectivas más antropocéntricas, donde la naturaleza es un recurso al servicio de los seres humanos, mientras que otras corrientes han tratado de explicar el entorno desde una perspectiva biocéntrica o ecocéntrica, reconociendo el valor de cada forma de vida y fomentando prácticas más sostenibles y éticas.


La naturaleza en la filosofía clásica

Ya en el siglo VII a. C., Tales de Mileto se preguntó sobre la materia fundamental del universo. Tales intentó explicar el origen del cosmos y la naturaleza sin recurrir a la mitología, lo que marcó el inicio del pensamiento filosófico y científico basado en la evidencia empírica. El hecho de que el agua pueda cambiar de estado sin perder su esencia hizo que Tales interpretara este elemento como el origen de todas las cosas (arjé). Su concepción de la naturaleza como un proceso fluido y transformador anticipa visiones más modernas que enfatizan la interconexión entre todos los elementos del ecosistema.

Esta idea también está presente en Anaximandro, discípulo de Tales y considerado por algunas fuentes como el primer pensador de la filosofía naturalista. Anaximandro introdujo el concepto de ápeiron, que hace referencia a lo indefinido, lo ilimitado, un principio eterno del que surgió el cosmos. Además, sostuvo que los primeros seres vivos se originaron en el agua y que los humanos evolucionaron a partir de otras especies, una idea sorprendentemente cercana a conceptos modernos de evolución, aunque sin el rigor científico actual. Por su parte, Heráclito de Éfeso propuso que el principio fundamental del universo era el fuego, entendido no solo como un elemento físico, sino como una metáfora del cambio constante y la transformación. Su famosa idea de que «todo fluye» (panta rhei) refleja su concepción de la naturaleza como un proceso dinámico en el que nada permanece igual. A él se le atribuye esta famosa frase: «Nadie puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos».

Sócrates marcó un giro hacia el antropocentrismo, concibiendo la armonía entre el ser humano y la naturaleza como un estado de equilibrio espiritual. Para él, la felicidad (eudaimonía) implicaba una conexión profunda entre el alma y la naturaleza del universo, donde el comportamiento virtuoso era clave para vivir en sintonía con el cosmos. En el contexto moderno esto puede trasladarse a la necesidad de comportarnos respetuosamente con la naturaleza, evitando acciones que dañen el medio ambiente para así estar alineados con él.

"Sócrates marcó un giro hacia el antropocentrismo, concibiendo la armonía entre el ser humano y la naturaleza como un estado de equilibrio espiritual".

Aunque las principales preocupaciones de otros filósofos posteriores, como Platón o Aristóteles, pasaron a centrarse en asuntos como la ética, la justicia y la política, no abandonaron el estudio de la naturaleza. Por ejemplo, Aristóteles realizó observaciones sistemáticas en biología y cosmología, aunque situadas dentro de un sistema más amplio que también incluía temas sociales y filosóficos.

En esta época, aunque lejos de la Grecia clásica, encontramos también perspectivas que pueden parecernos más cercanas a movimientos actuales. El taoísmo, desarrollado en la antigua China, enfatiza la importancia de vivir en armonía con el Tao, el flujo natural del universo. Su fundador, Lao-Tsé, trató de explicar cómo vivir de una forma más plena siguiendo el ritmo natural del universo, y practicando el principio de wu wei, algo así como  «no acción». Desde esta perspectiva, se entiende que cualquier acción sobre la naturaleza tiene un impacto y unas consecuencias, algo que puede reinterpretarse en clave actual si vemos los efectos del cambio climático, pero también si pensamos en la idea de sociedad positiva y cómo podemos generar con nuestras acciones un impacto favorable en nuestro entorno.

"El principio wu wei proponer que cualquier acción sobre la naturaleza tiene un impacto y unas consecuencias, algo que puede reinterpretarse si pensamos en la idea de sociedad positiva y cómo podemos generar con nuestras acciones un impacto favorable en nuestro entorno".


Ecología pragmática 

Si hacemos un salto temporal hasta la Edad Media, ya encontramos algunos ejemplos más concretos que evidencian una preocupación por los recursos naturales. Aunque esta preocupación se basa más en cuestiones prácticas o económicas que en la sostenibilidad de los recursos, encontramos algunas acciones que no están tan alejadas de la economía circular o el comercio de proximidad. En este sentido, Irene González Hernando, doctora en Historia del Arte, explica que ya durante la Edad Media vemos algunas prácticas que hoy podríamos calificar de ecológicas, como la proliferación de huertos urbanos para el consumo local. Por ejemplo, y según explica esta autora, en el siglo XV en los intramuros de la ciudad de Rennes un 59% de la superficie urbana estaba dedicada a huertos, que además se beneficiaban del abono animal y humano usado como fertilizante, algo que hoy podríamos catalogar como economía circular.

La naturaleza entre la armonía y la máquina

Con la llegada del Renacimiento, vuelve la idea del cosmos como un sistema dinámico e interconectado. La extensa obra de Leonardo da Vinci muestra su fascinación por la naturaleza, de la que llegó a decir que «nunca se encontrará invento más bello, más sencillo o más económico», ya que «en sus inventos nada falta y nada es superfluo».  Su conocimiento del mundo desde una perspectiva holística lo convirtió en un precursor en diferentes materias, también en la ecología. Años más tarde, pensadores como Descartes, también hablarán del universo como un sistema de elementos interconectados. Sin embargo, mientras que Leonardo concebía la naturaleza como un organismo vivo e integrado, Descartes desarrolló una visión mecanicista, en la que el mundo natural funcionaba como una máquina predecible y manipulable a través de la ciencia.

"Pensadores como Descartes, también hablarán del universo como un sistema de elementos interconectados".

 

Con los avances científicos y tecnológicos que se desarrollaron durante los siglos XVIII y XIX y que darán lugar a la Revolución Industrial, también se volvió a una visión más utilitarista de la naturaleza. Así, la explotación del entorno natural está justificada para satisfacer las necesidades humanas, valorada en función de su utilidad para el bienestar y la prosperidad en términos económicos.

Nuevas formas de mirar a la naturaleza

En el siglo XX, los impactos negativos del modelo de desarrollo industrial aumentaron la preocupación por el medio ambiente y surgieron los primeros movimientos y teorías ecologistas. Obras fundamentales como Una ética de la Tierra (1949) de Aldo Leopold o Primavera silenciosa de Rachel Carson (1962) marcaron un punto de inflexión en la conciencia ambiental. Carson, bióloga marina y precursora del ecologismo moderno, denunció públicamente el impacto de los pesticidas en los ecosistemas y advirtió sobre las consecuencias de la intervención humana descontrolada en la naturaleza, sentando las bases de la regulación ambiental en muchos países.

El ecologismo se ha ido diversificando y articulando a través de diferentes movimientos, como el ecofeminismo, término acuñado por Françoise d’Eaubonne y que evidencia la interconexión entre la opresión de las mujeres y la explotación de la naturaleza. Vandana Shiva, una de sus principales exponentes, ha defendido la necesidad de poner en el centro de la sostenibilidad la cooperación y el cuidado mutuo, en contraposición a la lógica extractivista del capitalismo global.

El debate sobre nuestra relación con la naturaleza sigue siendo uno de los grandes desafíos del siglo XXI.

Por otro lado, Arne Naess introdujo el concepto de «ecología profunda», una visión del mundo que rechaza la jerarquía entre humanos y naturaleza, reconociendo el valor inherente de todos los seres vivos. En esta misma línea, Paul W. Taylor, con La ética del respeto a la naturaleza, defendió una perspectiva biocentrista, en la que cada organismo posee un valor intrínseco, independientemente de su utilidad para los seres humanos.

Hoy, estas corrientes continúan evolucionando y dialogando con nuevas propuestas filosóficas y políticas, mientras el debate sobre nuestra relación con la naturaleza sigue siendo uno de los grandes desafíos del siglo XXI. Sin embargo, no podemos olvidar que el impacto de nuestras acciones no solo se limita al medio ambiente: también afecta directamente a la estructura social y a las relaciones humanas. La búsqueda de una sociedad en la que las personas puedan convivir en armonía con su entorno y entre sí es fundamental para construir un futuro en el que la justicia social y ambiental se entrelacen.

 

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